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Queremos compartirles unas palabras que realizo Alfredo Ibañez, un vecino de La Comarquita aldea permacultural.
Los tiempos de la vida en las sierras, en la naturaleza, cambian en su percepcion, en su observacion, muy distinta a la de las ciudades. En un debate sobre el tiempo y los calendarios, Alfredo compartio este estracto que nos parecio muy hermoso para compartir una vision de la vida en las sierras:


«SOBRE EL CALENDARIO

No reniego del calendario gregoriano. Comprendo su utilidad. Gracias a él millones de personas pueden encontrarse, viajar, construir ciudades y coordinar sus vidas.

Pero comienzo a sospechar que no fue creado para enseñarnos a habitar un lugar.

Desde que vivo en La Comarquita, algo cambió. Ya no espero con ansiedad que llegue el viernes ni siento que enero sea un verdadero comienzo. Los días dejaron de estar separados por páginas y comenzaron a unirse por acontecimientos.

Ahora puedo ver que una estación no empieza porque lo diga un almanaque. Empieza cuando el aire cambia de olor al amanecer. Cuando la tierra deja de entregar el calor acumulado. Cuando aparecen las primeras heladas sobre el pasto o cuando los insectos regresan después de una lluvia generosa.

Descubro que el territorio posee un calendario propio. No está impreso; está escrito sobre las piedras, en las cortezas de los árboles, en la inclinación de la luz y en el vuelo de los pájaros.

Empiezo a recordar los años no por su número, sino por lo que ocurrió en ellos. El año del incendio. El otoño lluvioso. El invierno en que florecieron los almendros antes de tiempo. El verano de las tormentas largas.

Quizá así vivieron los seres humanos durante la mayor parte de nuestra historia. No contando días, sino reconociendo ciclos. No preguntando cuánto falta para diciembre, sino observando cuánto le falta a la tierra para volver a respirar.

Se me ocurre pensar que existen dos maneras de medir el tiempo.

Una consiste en contar.

La otra consiste en pertenecer.

La primera nos permite organizar el mundo.

La segunda nos permite formar parte de él.

Y sospecho que, en algún momento de nuestra historia, confundimos una con la otra. Tal vez confiamos demasiado en que el tiempo era aquello que marcaban los relojes, cuando en realidad, tal vez los relojes sólo miden una pequeña parte de algo mucho más profundo.

Quizá el verdadero tiempo sea la transformación. El lento trabajo del agua sobre la roca. El crecimiento casi imperceptible de un nogal. El regreso de una constelación al cielo del invierno. La paciencia con la que un suelo recupera su fertilidad.

Desde acá, sentado frente a las sierras, empiezo a entender que vivir no consiste en atravesar meses, sino en vivenciar ciclos.

Y tal vez, al final, esa sea la diferencia entre ocupar un territorio y habitarlo.»

Alfredo Ibañez (vecino de la ecoladea La Comarquita)

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